Fuente: Masalto
Fecha de publicación:Lun, 23 Abr 2012 13:39:00
Más
de un matrimonio que empezó con muchas ganas de ser feliz, terminó
absurdamente -y otros están a punto de fracasar- debido a la exagerada
dependencia del marido para con su mamá.
Esta extraña relación se conoce con el nombre de "mamitis".
Definamos primero el término mamitis, tratando de alejarlo de una
connotación despectiva:
- Adicción
al seno materno que se evidencia en signos como la dependencia objetiva
y subjetiva de la aprobación materna para la toma de decisiones de la
vida diaria, apego cuasi adhesivo a las faldas matriarcales en casi
todas las circunstancias, salvándose las relaciones sexuales.
Comparación diaria conciente e inconciente de cualquier cosa con "mi
mami lo sabe hacer mejor o más rico". Cualquier intento de reprimir la
mamitis genera instantáneamente un berrinche conocido como síndrome de
abstinencia maternal.
Cierto
es que la "mamitis" también puede darse en la hija casada para con su
mamá o con su papá y del hijo para con su papá pero al parecer, la que
más daño hace es la que permite al hijo casado hacer más caso a la mamá
que a la propia esposa y a los hijos.
Desde
luego hay casos graves, pero hay "mamitis" en todos los grados, desde
las catastróficas hasta las que -vistas desde fuera- provocan algo de
risa y parecen divertidas pero que en realidad son dolorosas para quien
las vive.
Hay madres que a sus cuarenta y muchos años no acaban de entender
que los hijos no les pertenecen, porque ninguna persona puede ser
poseída, como se puede poseer un objeto o... un perrito. La madre
transmite el don de la vida a los hijos, los educa, los ayuda a crecer y
a madurar, y después, los debe dejar construir su futuro en
independencia y libertad.
Es un error pensar en una "pérdida" del hijo que se
casa. Es evidente que, como consecuencia del matrimonio, habrá cambios
en la familia: el hijo se irá de la casa, estará con su esposa y, más
adelante, con sus hijos, pero no deja de ser hijo, simplemente está
cumpliendo con su destino que, en éste caso, es formar una nueva
familia.
¿Cuál puede ser, entonces, la actitud correcta de los padres ante la
elección matrimonial de los hijos? Ahora más que nunca, deben saber
demostrar el amor que declaran tenerles. Pero ahí está el problema.
La madre de el esposo y padre de familia, puede decir que quiere a
su hijo a su lado porque lo ama mucho, ¿Será? La esposa no logra
entenderlo, y con razón, porque si de amor se trata, ella también ama a
su esposo, y los hijos no se diga.
Por otra parte, el marido enfermo de "mamitis" justifica su
comportamiento argumentando también el amor a su madre y además el deber
de hijo. ¡Todo un enredo de amor, por lo visto!
En realidad, el enredo puede verse provocado por cada uno de los
interesados al perder de vista el auténtico sentido de amor materno,
filial y matrimonial. Veamos cómo. Amar es buscar el bien y la felicidad
de la persona amada, es entregarse a ella para que se realice y se
desarrolle como persona, es sacrificarse por ella, es renunciar a veces a
uno mismo, a los propios gustos, caprichos, intereses y ¿por qué no? a
los propios sentimientos. Ahora vamos a analizar el supuesto amor de
cada uno de ellos:
- La madre. Su amor no busca el bien del hijo, sino la
satisfacción de un cariño personal y el deseo de posesión. Si amara a su
hijo, lo dejaría libre de realizar su proyecto familiar, le ayudaría a
ser un buen esposo y un buen padre. Le aconsejaría vivir unido a su
esposa como el ser más importante en su vida.
Aunque muchas mamás no quieran aceptarlo, el cónyuge -esposo o
esposa-, desde el momento del matrimonio, es lo primero en la vida del
hijo. Paradójicamente, esas madres quieren ser buenas, pero no dejan a
su hijo ser buen padre (y buen esposo). ¿Y qué decir de esos padres que
ponen a sus hijos en contra del respectivo cónyuge, criticándolo,
despreciándolo y buscando perjudicarlo en todo?
- El hijo. Su amor también se ve distorsionado por una
debilidad evidente hacia la voluntad de la madre, por una satisfacción
sentimental e inmadura del propio afecto filial y por una clara
irresponsabilidad como esposo y padre. Si realmente amara a su madre,
trataría de ser mejor hijo, trataría de actuar como hombre maduro y
responsable hacia los deberes que se derivan de su elección de vida.
Quien ve este fenómeno desde fuera, se sonríe, tal vez, con un poco
de rabia y algo de compasión. Probablemente ni los padres posesivos, ni
los hijos enfermos de "papitis y mamitis" estén conscientes de su
error, sin embargo, ante los efectos que destruyen, se precisa una
reflexión y un cambio de actitudes que pueden ser un medio óptimo para
prevenir males mayores.
Si es verdad que existe una crisis en la institución
familiar, la forma más correcta para superarla o vencerla, no es la
tolerancia o el fomento de esa "enfermedad", sino el esfuerzo, aunque
resulte doloroso, por educar en la sana libertad y madurez a los propios
hijos.